sábado, 5 de mayo de 2012

Los mantos, el Tabernáculo y el Talit. Relación con la Basílica del Pilar


Los mantos, el Tabernáculo y el Talit

           Jesús en los Evangelios hace referencia a los tabernáculos en la parábola del mayordomo infiel, cuando aconseja, en lo que respecta al espíritu, mostrarse sagazmente en este tiempo para cuando termine… « Ser recibidos en los eternos tabernáculos».  También el Apóstol Pablo dice: «Deseosos de ser revestidos por nuestro tabernáculo, que es del cielo».
        De este deseo de ser  cubiertos por la magnificencia del Tabernáculo Eterno, nace, entre los devotos de la Virgen del Pilar, la tradicional costumbre de morir bajo su manto.  Reflexionando sobre el significado de estos mantos que presenta y cubren a la columna de la Virgen del Pilar, advertimos que asemeja una tienda de la más simple factura. De esta forma se puede llegar a establecer un posible vínculo simbólico con el preceptivo manto de oración de la tradición hebrea, llamado Talit.   


De hecho se entiende, en la tradición hebrea, que cuando uno se cubre con el talit, se han entrado en la tienda para encontrarse con Dios.   Esta Tienda es como la imagen de aquella que Jahveh manda construir en el desierto, y que se describe en Éxodo 25; 8-9. «Hazme un santuario para que yo pueda morar en medio de ellos. Te ajustarás totalmente, en la construcción de mi mansión y de su mobiliario, a los modelos que te mostraré.» Por esta razón el talit es también reconocido como " La Tienda  Pequeña". Además, según cierta exégesis rabínica, la palabra Talith consiste en 2 palabras hebreas: Tal que quiere decir Tienda e Ith que quieren  decir Pequeña. ¡En otros términos una Tienda Pequeña!
       Normalmente el Talit, mantón o capa de la oración, mide sobre 70 pulgadas de largo por 36 pulgadas de ancho. Está tejida sin costuras y de una sola pieza de tela.  La proporción o razón de los lados del Talit es similar a la razón geométrica de la planta de la Basílica del Pilar; 70 / 36 = 1’ 94 aproximado a la razón de dividir 62 / 32 = 1’93.
    
  
    La grafia hebrea para Talit (טלית) es casi la misma de la palabra Talit  (טליה)  que quiere decir un Cordero o una oveja joven. Se puede observar que el escudo del Cabildo presenta un cordero ante la columna,  posiblemente simbolizando que es en el centro o eje dónde se alcanza la inmortalidad o resurrección.  


 Además su raíz טל es común a varias con las que se víncula simbólicamente como טל que significa “rocío”, o también (טלה) que significa cordero, carnero, Aries; y  טלל  que significa techado sombreado y también mojado de rocío.  

 
                                          Escudo del Cabildo del Pilar                                  

     Sobre estas relaciones semánticas, podemos añadir que tanto San Jerónimo como Santo Tomás  de Villanueva escribieron sermones en los que comparaban el vellocino de lana de Gedeón como una señal o símbolo de la Virgen María; por ejemplo en el sermón sobre la Presentación se comenta: «El Gedeón celestial llenó una taza de rocío. Por consiguiente, como está la perla en la concha, así está el Verbo en el seno virginal».

                 
            El talit o manto de oración, hecho como se ordena en Números 15:38-41,  generalmente es blanco y está hecho de lana.  En los cuatro ángulos del manto están colocados unas franjas, las Titzit ( ציצית ) o flecos de lana que constan de 32 cordones anudados de acuerdo a una forma prescrita.

                                  Crucifixión de Chagall con Talit

   En “Los sermones de la Virgen”, Santo Tomás de Villanueva comenta: « Entre otras visiones, vio Isaías (Is. 6), al Señor sentado sobre un trono excelso y elevado. El trono es la Virgen, y los otros espíritus son el asiento de Dios. Llenó a los demás de sus dones, pero a la Virgen la llenó de sí mismo. Y las franjas de sus vestidos llenaban el Templo; esto es, a la Virgen».  Apreciemos que en consonancia con estas 32 franjas del talit y de de la visión de Isaías, a la columna de la Virgen la cubren y rodean  32 labras simbólicas realizadas en las 16 puertas de nogal y  le cubren las 32 esculturas de Ángeles, Doctores y Padres de la Iglesia que permanecen sobre el dosel de la Santa
Capilla.  Además  esta es soportada por 32 columnas de jaspe de Tortosa, piedra bastante similar a la columna de la Virgen.
   La capilla de la Virgen, también llamada “Cámara Angélica”, y en la que están representados los serafines, podría, como hemos sugerido, estar inspirada en la visión de Isaias que dice textualmente: «Ví al Señor sentado sobre un trono excelso y las franjas de sus vestidos llenaban el Templo. Alrededor del solio estaban los Serafines…»     

                                    

       Entre los escritos de estos Doctores y Padres de la Iglesia encontramos interpretaciones hermenéuticas relativas a la Virgen María que permiten establecer consideraciones históricas de esta relación que venimos tratando entre el Pilar y el Talit.  Por ejemplo Santo Tomás de Villanueva en sus “Sermones de la Virgen María”,  comenta: «Otro símil es el del vestido: bien, puede afirmarse que Dios se  ha revestido de la carne como de un vestido, y así, habla el Apóstol: Reducido a la  condición   de hombre. Así  Dios revistió  a la Virgen de  gracia,  y la Virgen  a su vez, le vistió de carne. 




Esta es aquella túnica polímita y talar de José, de la cual  fue despojado por sus hermanos, la cual mostraron al padre, exclamando éste: Una fiera ha devorado a José. (Los judíos, hermanos míos, despojaron a Cristo de su túnica talar en la cruz).   




Esta es también, aquella capa que el mismo José abandonó  en manos de la adúltera,  para no consentir en el adulterio; que es figura de Cristo dejando sus vestidos en poder de la sinagoga, no queriendo asentir a sus pecados. Esta túnica polímita, resplandeciente por la variedad de gracias, dones, virtudes,  etcétera, fue  tejida por las manos del Espíritu Santo en las entrañas de la Virgen como en un telar».


                        Anunciación de la Basílica con detalle del costurero

       También en otro texto comenta: «Tú sola aboliste las herejías de todo el mundo; ésta es la púrpura del Rey, de la cual fue hecho aquel vestido sin mancha y sin arruga, sin costura, tejida toda desde arriba, esto es, la humanidad de Cristo».  


                     En otros Padres de la Iglesia se puede observar como se tiene a la Virgen María como la tejedora de la "Tienda" del Dios Encarnado.  Por Ejemplo en la "Vida de la Theotokos" de Epifanio el Monje, una de las más antiguas biografías de la Virgen, comenta: "....se aplicaba al estudio de las divinas letras. Era motivo de admiración por las labores de lana y de lino, de seda y de hilo, que se destinaba para el Templo del Señor". Los Apócrifos también hacen referencia al trabajo manual de María, por encargo de los sacerdotes, en la confección de una cortina para el Santuario, habiéndole tocado en suerte las labores de escarlata y púrpura. En Protoevangelio de Santiago XI, 1-2  refiere que la Anunciación se produjo mientras hilaba la púrpura. En la liturgia de la Dedicacia se llama a María «Tabernáculo de Dios», pues en ella aparece la presencia divina como en su prefiguración o Shekhînah en el Judaísmo.


           El apóstol Pablo escribe en Hebreos 9: «No fue en un santuario hecho por las manos, réplica del verdadero, donde entró Jesús, sino en el mismo cielo para aparecer ante el rostro de Dios, a través del velo, esto es, por su carne».  Así mismo Origenes en la Homilía IX sobre el Éxodo dice: «Cada uno de nosotros puede construir también, en si mismo, un tabernáculo para Dios. En efecto, si, -como algunos antes de nosotros han dicho- este tabernáculo simboliza al mundo entero, y cada uno puede tener en sí la imagen del mundo, ¿por qué no podrá realizar en sí mismo cada uno de nosotros la imagen del tabernáculo?».
       


 En otro párrafo sigue diciendo: «Efectivamente, no en vano se nos dice de los antepasados que vivieron en tabernáculos. Yo interpreto en este sentido que Abraham, Isaac y Jacob habitaron en tabernáculos. Pues ellos construyeron dentro de si un tabernáculo para Dios, ellos que se adornaron con tan gran y tal esplendor de virtudes. Pues refulgía en ellos la púrpura, signo real, por lo que los hijos de Heth decían a Abraham: Tú eres entre nosotros un rey de parte de Dios. Resplandecía también la escarlata, ya que tuvo su mano dispuesta para inmolar su hijo único a Dios. Brillaba el jacinto cuando, mirando siempre al cielo, seguía al Señor del cielo. Y estaba igualmente engalanado con otras muchas cosas.    Así interpreto yo también el día de la fiesta de los tabernáculos que está prescrito en la Ley: un cierto día del año, el pueblo debía salir y habitar en tabernáculos, con ramos de palmas, y ramas de sauces y álamos y ramos de árboles frondosos.   La palma es el signo de victoria en la guerra que llevan entre sí la carne y el espíritu; el chopo y el álamo, tanto por su virtud como por su nombre son vástagos de la castidad. Si los conservas íntegramente, puedes tener las ramas de un árbol frondoso y nemoroso, que es la eterna y bienaventurada vida, cuando el Señor te haya puesto en un verde lagar, junto al agua del refrigerio, por Cristo Señor nuestro; a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».

  

          Desde hace relativamente poco tiempo,  los fieles aragoneses, además de hispanos y orientales filipinos tejen y donan mantos para cubrir la columna. Estos mantos se  utilizan diariamente según los colores litúrgicos,  excepto el día 2 de cada mes, por ser este el de la aparición de la Virgen María a Santiago. Actualmente y desde los años cincuenta los fieles,  movidos por la iniciativa del profesor Antonio Beltrán  y por ese espiritual instinto que los teólogos denominan «sensus fidei», realizan el doce de octubre la Ofrenda de flores a la Virgen del Pilar. Esas flores son como hilos de la trama de sus vidas con los que tejen  ese manto florido. Parece como si quisieran agradecer a la Reina de la tierra  sus favores con lo más bello que ella nos dispensa.  De este forma la madre o hermana tierra, como diría San Francisco de Asís, por medio del hombre y con él entrega sus rezos a su reina. 

                                            

                           Reconsideraciones

          Pasaré a describir más detenidamente el talit o manto de oración hecho como se indica en Números 15:38-41. Los talitot, plural de talit, generalmente son blancos y están hechos de lana, algodón o seda. Ya dijimos que las franjas o flecos están colocados en los cuatro ángulos del manto y constan de 32 cordones anudados de acuerdo a una forma prescrita. La bandera del Estado de Israel se basa en el diseño de este manto.   
      
    Las Titzit ( ציצית ) o flecos de lana se colocan por mandato bíblico en las esquinas de toda prenda que posee cuatro puntas Deuteronomio 22:12). Las Tzitzit ( tsitsit) poseen cuatro hilos que se pasan por un orificio en la esquina de la prenda y se doblan en dos, obteniendo de esta manera ocho hilos. Con el más largo de ellos se rodean los otros siguiendo un orden preestablecido: siete vueltas o bobinados y un doble nudo, ocho vueltas y un doble nudo, once vueltas y un doble nudo, trece vueltas y otro doble nudo. Antiguamente se colocaba un hilo tjélet, teñido con la tinta de un molusco de la costa de Fenicia, posiblemente el llamado murex, aparentemente tenía una tonalidad azulada o morada, pero con el tiempo su preparación se olvidó. 


Los intentos para identificar el verdadero ingrediente de la tintura quedaron inconclusos, y desde el segundo siglo EC, un hilo blanco ordinario fue el sustituto del azul. Hoy en día no ha sido posible precisar con exactitud el color ni la forma del teñido por lo cual no es posible cumplir fielmente con esta exigencia,  para preservar el simbolismo de un hilo de “sangre azul” que abrace a los demás hilos.  Quizás es por lo que se acostumbró decorar con franjas azules o negras la tela del Talit. (Esta unión del azul y del blanco como así también la forma del Talit inspiraron la creación de la bandera del movimiento Sionista que se transformó luego en la bandera nacional de Medinat Israel).

Al simbolismo del tejido, anteriormente comentado podemos vincular también el común uso de las cuerdecillas anudadas.  Este sistema de escritura ideográfica ha sido utilizada por los antiguos chinos, tanto que con ellas se constituían los «anales del imperio». Estas cuerdecillas eran del mismo género que las utilizadas por los antiguos peruanos y a las cuales daban el nombre de quipos. En todos los casos, incluyendo el procedimiento hebreo de los tzitzit, parece ser que mediante este sistema se expresaban  ideas complejas y esto se hacía posible por múltiples combinaciones de nudos y en las que el empleo de hilos de colores diferentes jugaba un importante papel.  


                                                              
                                              Talit con las Tzitzit


       Hoy en día los hilos de la Tzitzit. son todos blancos. Para cumplir con este precepto (mitzvá) durante todo el día los judíos observantes utilizan, además del talit ritual grande, que se utiliza en la sinagoga para las plegarias, uno pequeño (talit katán o arbá kanfot [cuatro vértices]), que se viste debajo de la camisa. El sentido de este mandamiento o mitzvá figura en la Torá: "El Señor habló a Moisés diciendo: Habla con los hijos de Israel, y les dirás que se hagan unas franjas (Tzitzit) en los remates de sus mantos, poniendo en ellos cintas de color de jacinto. Y viéndolas, recordaréis todas las mitzvot de Dios y las cumpliréis, y no os apartaréis yendo tras los impulsos de vuestros corazones y de vuestros ojos..." (Números15:37-39).  Hay quienes acostumbran dejar las Tzitzit. del talit pequeño afuera de la ropa, para recordar todo el tiempo el cumplimiento de las mitzbot, y besarlas al recitar este versículo durante la pronunciación del  Shemá Israel. Las mujeres están exentas de la mitzvá de Tzitzit.


      Para colocarse el talit se debe sostener con ambas manos, mirar la ataráh que es donde está bordada a menudo la bendición en la banda del cuello y recitar la bendición o berakháh:  «Bendito seas Tú, Señor, Dios Nuestro, Rey del Universo, porque nos santificas con los mandamientos y nos has ordenado usar los tzitzit».
       Se besa el final de la ataráh donde está la última palabra de la bendición bordada, precisamente la palabra tzitzit ( ציצית )  . Se envuelven los hombros con el talit, de forma similar a como se transportaba el cordero por el Buen Pastor, en la iconografía tradicional. Durante la oración privada es habitual cubrirse la cabeza con el talit.


         Como ya dijimos se entiende representativamente que cuando uno se cubre con el talit, se han entrado en la Tienda de la Reunión para encontrarse con Dios.    Recordemos que esta especie de tienda de campaña diseñada por el propio Moisés según un modelo de inspiración divina, guardaba el Arca, que hasta entonces los levitas transportaban a hombros siguiendo los desplazamientos del pueblo de Israel.    Posteriormente el Templo sustituiría al Tabernáculo, pero el tabernáculo es el modelo ideal  del  pueblo peregrino. Ya conocemos  la existencia en las Escrituras Sagradas de tres modelos ideales para los arquitectos: el Arca de Noé, el Tabernáculo del desierto y el Templo de Salomón.         
        En este paralelismo simbólico el cordón color jacinto y los demás flecos o tzitzit representan a las sogas o vientos que afianzaron la Tienda.   De alguna manera estos 32 cordones representan a la “rosa de los vientos”, que figura en la base del limbo interior de la brújula como una estrella de 32 puntas que señalan  las 32 direcciones celestes.

                                
 
           Desde este punto de vista la acción de colocarse el talit representaría, además de penetrar en el tabernáculo, el colocarse en el centro de todas las direcciones y por tanto en el eje o “Pilar”.  Las cuerdas de la tienda son las que fijan su estabilidad y la mantienen erguida, por lo tanto, el mantener las 32 vientos de la tienda y sus clavijas aseguradas, permite análogamente mantener las ideas firmes. Ya el libro de la Sabiduría ve en el cuerpo una tienda y en las cuerdas los pensamientos:  "Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas, pues un  cuerpo corruptible agobia el alma y esa tienda de tierra abruma al alma llena de preocupaciones" (Sab. 9, 14-15.).


                             La semejanza del cuerpo humano a la tienda la toma el apóstol Pedro en su segunda carta en la que dice: "Pues me parece justo el despertaros con mis amonestaciones, mientras estoy en esta tienda".( II Pedro 1-13).  También Pablo, constructor de tiendas, relaciona las imágenes de la morada y el vestido con el cuerpo cuando en la segunda epístola a los Corintios comenta: " Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡ Sí !, los que estamos en esta tienda gemimos abrumados. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea revestido por la vida". Otra relación entre las cuerdas de la tienda y las vertientes de la sabiduría se encuentran en el libro de Job 4, 20-21, en el que escribe: «Para siempre perecen sin advertirlo nadie; se les arranca la cuerda de su tienda, y mueren privados de sabiduría.».  

             
             
           Sobre la creación del hombre las escrituras dicen: «Tú me has revestido de piel y de pelo, Tú me has afianzado con huesos y nervios» (Job 10: 11).
     En un contexto escatológico y relacionando las cuerdas de la “tienda” con las vías de la sabiduría o inteligencia,  el profeta Jeremías habla en nombre de Dios cuando dice: “Mi Tabernáculo ha sido saqueado, y todos mis cuerdas arrancadas. Mis hijos se han alejado de Mí. No hay quien despliegue ya mi Tabernáculo ni quien ice mis toldos. Porque los pastores lo han hecho mal y no han buscado al Señor; así no obraron cuerdamente y toda su grey fue dispersada.” (10, 20-21).


         Desde el punto de vista judío como cristiano, el Consolador o Espíritu Santo es un techado por su acción de cubrir con sus alas, los devotos son sumergidos en Él y envueltos en Su protección. Esto se actualiza de alguna manera con el acto de envolverse en el talit.
      En el cielo hay cuatro criaturas vivientes que están alrededor del trono de Dios. Las cuatro esquinas del Talit representan también esto. Así mismo son cuatro los vientos principales en la “Rosa de los Vientos” y cuatro los evangelistas que escriben "El Libro".

             Es así que el Pilar y la imagen de la Virgen obtienen un significado añadido al ser  soportes del Verbo y este a su vez del Espíritu Santo figurado como “la tórtola”.
   El talit utilizado como un techado es designado por la palabra Kanfot, o Kannaf (  כנף), palabra que también significa Alas y se traduce generalmente como tal. Recordemos que las Escrituras dicen que el Mesías tendrá la salvación en Sus Alas. (Malaquias 4:2) «Más para vosotros, los adeptos a mi Nombre, nacerá el sol de justicia, debajo de cuyas alas está la salvación; y saldréis brincando como becerros bien cebados fuera del establo».   Esta palabra se puede traducir también por extremidad , borde, falda, punta, remate, protección , amparo; como verbo se traduce como abrazar envolver, juntar,  rodear,  aletear y también engreirse.



            No se suele pensar en ello pero Jesús se vestía como tradicionalmente lo hacía un judío. En Juan 4:9 está escrito: «Entonces la mujer samaritana le dijo: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». ¿Cómo sabía la mujer samaritana que Jesús era judío? Posiblemente porque se vestía como un judío. En S. Marcos 6: 53-56, está escrito: «Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron enseguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados».
                                           


  
             La palabra "orla" y "borde", es la traducción de la palabra griega "kraspedá", y esta es es la traducción de la palabra hebrea "tzitzit", que es uno de los cuatro flecos que colgaban de las cuatro puntas del manto. Jesús tenía un manto largo que, se supone, llegaba hasta los pies. En este manto exterior estaban las cuatro tzitziot, o flecos.

     También en Mateo 9:20 está escrito: «Y he aquí una mujer que había estado sufriendo de flujo de sangre por doce años se le acerco por detrás y tocó el borde de su manto.». Cuando esta mujer tocó los flecos del manto del Mesías ella se estaba aferrando a la Palabra del Señor. Y eso trajo salud a su cuerpo.

     La túnica que, durante la crucifixión , fue sorteada entre los soldados era de una sola pieza y sin costura por lo que bien podría haber correspondido al manto de oración o talit.  Juan 19:23-24.  
Aunque inexacto según la tradición y la escritura hemos insertado la crucifixión del pintor judío Chagall, pues este lo representa con el talit, y seguramente para el no esta exento de significado.
            Existe una interpretación tradicional o kabalística del tzitzit o fleco que expresa un significado muy profundo. El tzitzit, como hemos dicho, está compuesto por cuatro cuerdas, tres cortas de igual longitud y una larga teñida la cual se llama shamash y es la que va a ser tejida alrededor de las otras tres. El shamash se enrolla espiralmente siete veces sobre las otras cuerdas y luego se hace un doble nudo, después se vuelve a enrollar 8, 11 y 13 veces más separándolas con nudos dobles respectivamente y se finaliza el tejido con otro doble nudo de modo que la tarea será tener 7, 8, 11 y 13 rollos entre los doble nudos.


    La interpretación del significado de este fleco anudado tiene su base en la gematría cabalística,  procedimiento que relaciona palabras con el mismo valor numérico, y por el que puede obtenerse en algunos casos, la solución de cuestiones de orden doctrinal.  Esta solución se presenta a veces con marcada forma simbólica. Gematria es una palabra  de origen griego derivada de grammareia (de grammata. ).    Este procedimiento interpretativo era conocido y utilizado por los evangelistas como podemos inferirlo del texto de Apocalipsis 13, 17 ( …marca o nombre de la bestia, o el número de su nombre). 
De tal manera que  en cada uno de los enrollamientos se  representa a una letra del  Santo Nombre del Señor, tenemos pues que la suma de 7+8 son 15 que en letras hebreas son iod y he que son las dos primeras letras del Tetragrámaton (YHVH), luego 11 que son vau y he la tercera y cuarta letras del Nombre.


           Entonces los tres primeros enrollamientos ''deletrean'' el Nombre y el último que es 13 equivale gemátricamente a la palabra ehad (אחד) que significa único y ahavah ( אהבה) que significa amor.
           Deducimos finalmente que de todos los enrollamientos y separaciones por nudos podemos realizar la siguiente lectura: Dios es Único y Dios es Amor. Y también significativa es la lectura de la sumatoria de los tres primeros los números 7+8+11 que dan un total de 26 que es a su vez el total de la sumatoria de los valores de las letras del Santo Nombre (10+5+6+5=26) quedando el 13 para la palabra ehad o ahavah, nuevamente: Dios es Único y Dios es Amor .

                  

        También podemos comprobar que la suma de todos los números de los rollos ( 7 + 8 + 11 + 13 ) es igual a 39 que corresponde al número de latigazos prescritos por la ley judía y que se supone serían sufridos por Jesús, aunque los ejecutores romanos no estaban obligados a seguirla. A pesar de que no es probable que Jesús recibiera este número de latigazos por los vestigios que aparecen en la sindone de Turín, no deja de tener un carácter significante sobre todo si recordamos las palabras de Isaias 53: 4-6 diciendo:
«¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba
y nuestros dolores los que soportaba!
Nosotros le tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado.
Él ha sido herido por nuestras rebeldías,
molido por nuestras culpas.
Él soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados.
Todos nosotros como ovejas erramos,
cada uno marchó por su camino,
y Yahvé descargó sobre él
la culpa de todos nosotros».


         Como se sabe y hemos dicho todas las letras hebreas tienen un valor numérico La palabra tzitzit (תיציצ) tiene un valor numérico de 600. Tau = 400; Iod =10; Tsade = 90; Iod =10; Tsade = 90; total = 600. Los flecos tienen 5 nudos y 8 cordones, que si los agregamos a los 600, sumarán 613 que iguala al número de los mitzvot o preceptos de la Torah.
En el Apocalipsis capítulo 19 vemos que Su nombre está escrito en Su vestido ensangrentado (el talit), y Su nombre es " La Palabra de Dios que en S. Mateo 5: 17-19. dice:
«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i (iod) ni una tilde de la ley sin que todo se cumpla.»

                                       Dibujo de Maimónides

       Todavía existen más interpretaciones hermenéuticas sobre el talit y el tzitzit, que nos permiten encontrar interpretaciones  referidas al Mesías y por tanto con Jesús. Hemos visto que el tzitzit tiene 8 cordones y el 8 es el Número del Mesías porque, según el profeta Samuel, David fue el 8 Hijo de Jesse (1 Samuel 16:10-11) y el Mesías debía ser de la semilla de David.
       Pero posiblemente la interpretación más importante está basada en que la suma de los cordones de la cuatro esquinas del manto o talit es el número 32 ( 4 x 8 ) y este es el valor numérico o gemátrico de la palabra Corazón, Leb en hebreo (  לב ) lamed = 30; bet = 2. De tal forma que se podría decir que ¡En el mismo corazón del Tzitzit se encuentra el Mesías!
         
                  Estas concepciones simbólicas que señalan un camino no contradicen lo que las Escrituras enseñan sobre que el Espíritu no sólo quiere morar entre nosotros, sino El quiere morar en nuestros corazones. Su nuevo pacto está dentro de nuestros corazones y nuestras mentes. Cuando recibimos a Jesús en nuestros corazones, nuestros cuerpos llegan a ser templos del Espíritu Santo. No tenemos que ir a un cierto lugar para adorar, ni siquiera al Tabernáculo. Podemos adorar a Dios dondequiera que estemos. La adoración verdadera es en espíritu y verdad.


        A propósito de estas indicaciones, Santo Tomás de Villanueva comenta en sus escritos: «Pero, ante todo, date cuenta que jamás penetrará el Señor Jesús en el hospedaje de tu corazón, si no halla dentro a tu alma como huésped. Una mujer, por nombre María, le hospedó en su casa  (Lc 10. 38). No se aloja Jesús en morada alguna sin el beneplácito del huésped; si el alma anda rondando por fuera, difiere la entrada hasta que el huésped retorne. Por consiguiente, si deseas darle alojamiento, sábete que has de habitar antes dentro de ti mismo».
Retrato de Abraham Abulafia

     En el Evangelio dice Jesús: «En cuanto a ti, cuando ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre». (Mateo 6,6). También, sin que haya contradicción, el Apóstol Pablo dice: «Ora en todo lugar». Para orar en todas partes y siempre en tu aposento, los hebreos lo simbolizan mediante  el talit  katan  que permite llevar siempre el “Tabernáculo”.  San Ambrosio en su escrito sobre los Misterios dice textualmente: «En todas partes tienes tu aposento. Aunque estés entre gentiles, aunque estés entre judíos, tienes en todas partes tu secreto. Tu aposento es tu espíritu. Aunque estés en medio de la muchedumbre conservas, sin embargo, en el hombre interior, tu secreto y recóndito aposento». 

sábado, 21 de abril de 2012

Costumbres y sentido tradicional del Arte en la India


 Es una idea normal y tradicional que la práctica del arte es una vocación, no una distinción. Esta idea esta reñida con la tendencia actual del «amante del arte» por «coleccionismo», ese hábito que de alguna manera, considera a los museos y las galerías como el destino propio de las obras de arte. Esa visión del Arte tiene mucho que aprender del hombre con sentido común, cuyas obras de arte están todavía en uso para la veneración.


  Esta ideologia pertenece todavía a esos pocos, para quienes el uso y la comprensión del arte son innatos e inenseñados, y que, en su inocencia e ingenuidad jamás han concebido el arte como una función agregada a la vida, sino sólo como una pericia apropiada a cada operación.  Ahora lo normal es considerar falsamente el arte como presente o ausente en el trabajo humano, y la belleza como un tipo de barniz u ornamento, que puede agregarse u omitirse de las cosas a voluntad.  


   El  consolidador de la doctrina Advaita Vedanta,  Shankarácárya decía, «Yo he aprendido el arte de la concentración (samádhi) del hacedor de flechas».
 Para la doctrina hinduista, de hecho, el trabajador ordinario, el tejedor, o el alfarero, no sólo trabaja devotamente, sino que -aunque no practique el yoga en el sentido formal de sentarse en padmasana, etc.­ forma siempre imágenes mentales, que recuerda de genera­ción en generación, y en la medida en que se identifica con ellas las tiene siempre a su disposición inmediata, en las puntas de sus dedos, sin necesidad de una «ideación» consciente; y debido a que él trabaja así por encima del nivel de la observación consciente, su capacidad como artista excede en mucho lo que sería su capacidad como «dibujante» individual. Al mismo tiempo, su obra permanece comprensible, y, por lo tanto, nutriente y bella, para los ojos de aquellos que, como él mismo, viven todavía de acuerdo con la tradición inmemorial (sanátana dharma), o, en otras palabras, de acuerdo con el modelo del Año (samvatsara). 

Preeminentemente de este tipo, por ejemplo, son, por una parte, esas mujeres anónimas e ile­tradas de los poblados, cuyos dibujos, ejecutados en polvo de arroz y con el dedo como pincel, en conexión con las fiestas (vrata) domésticas y populares, representan un arte de forma casi pura y de significación casi puramente intelectual". Estos dibujos se hacen en toda la India,  aunque dependiendo de la zona llevan diferentes nombres, por ejemplo son llamados Alpana en Bengal y Assam Rangoli en Gujarat y Maharashtra Chowkpurna en Uttar Pradesh, Hase en Karnataka, Muggulu en Abdrapradesh.


En el sur de la India se les llama “Kolams” (Tamil Nadu) Se elaboran cada mañana en la entrada de las casas. Son sagrados y de alguna manera, como una frente sin tilak, un hogar no puede estar sin su Kolam frente a la puerta.
En realidad parece una combinación de mandala, laberintos o entrelazados sagrados. Como hemos dicho son dibujados por las mujeres, llegan a ser bastante complicados y elaborados. Requieren de una gran destreza, coordinación y concentración.


Se hace el dibujo con un polvo blanco compuesto de cal y arroz pulverizado. Da así de comer a los parajitos, a la vez que impiden las entradas a las hormigas ya que no les agrada el olor de la cal. Los diseños son milenarios y varían según la localidad, la festividad y los rituales.  
Podríamos analizar la enorme riqueza de las estructuras kolam y subrayar su naturaleza algorítmica por la forma pautada y ordenada con la que se construyen.

Otro arte tradicional de la India pertenece a los arquitectos (sthapati ) instruidos y letrados de la India meridional, a quienes los comerciantes ricos todavía confian la construcción de las catedrales (vimana), y quienes, por su parte, reclaman una igualdad con los Bráhmanas en la función sacerdotal, puesto que, de hecho, son los representan­tes modernos de los rathakára védicos. Los artistas de este rango han desaparecido hace mucho tiempo de Europa, y están deviniendo cada día más raros en la India -ante la ne­gativa a «malgastar su tiempo» o a «malgastar su dinero» en ellos, según sea el caso, de aquellos que no comprenden, y que, por consiguiente, no pueden usar artes tales como éstas.



miércoles, 4 de abril de 2012

"El rumor de las alas de Gabriel" y el número 42


“El rumor de las alas de Gabriel” sería el inicio de la manera de intuir, lo que de alguna manera, los filósofos designan como Inteligencia agente.  Esto hay que entenderlo en el corazón de una cultura espiritual en la que aparece como ángel inspirador de los profetas e iluminador de los filósofos. Por él los filósofos son conducidos a la culminación de la sabiduría integral.


Apocalipsis 11:1-19. Y me fue dada una caña semejante á una vara, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y á los que adoran en él. 2 Y echa fuera el patio que está fuera del templo, y no lo midas, porque es dado á los Gentiles; y hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses. 3 Y daré á mis dos testigos, y ellos profetizarán por mil doscientos y sesenta días, vestidos de sacos. 4 Estas son las dos olivas, y los dos candeleros que están delante del Dios de la tierra. 5 Y si alguno les quisiere dañar, sale fuego de la boca de ellos, y devora á sus enemigos: y si alguno les quisiere hacer daño, es necesario que él sea así muerto. 6 Estos tienen potestad de cerrar el cielo, que no llueva en los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuantas veces quisieren. 7 Y cuando ellos hubieren acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos, y los vencerá, y los matará. 8 Y sus cuerpos serán echados en las plazas de la grande ciudad, que espiritualmente es llamada Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado. 9 Y los de los linajes, y de los pueblos, y de las lenguas, y de los Gentiles verán los cuerpos de ellos por tres días y medio, y no permitirán que sus cuerpos sean puestos en sepulcros. 10 Y los moradores de la tierra se gozarán sobre ellos, y se alegrarán, y se enviarán dones los unos á los otros; porque estos dos profetas han atormentado á los que moran sobre la tierra.

Calculemos que los 42 meses corresponden a 1260 días y a tres años y medio. Esta cifra se repite en “Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila a fin de que volara de la presencia de la serpiente al desierto, a su lugar, donde fue sustentada por un tiempo, tiempos y medio tiempo”.  Al filósofo Issac Newton esta cifra lo intrigaba porque se repetía en el Apocalipsis y en Daniel 7: Y el varón vestido de lino, que estaba sobre el agua del río, levantó ambas manos al cielo, y juró por el que vive por los siglos: "Será por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Y cuando se acabe de quebrantar el poder del pueblo santo, todo esto se cumplirá". Pues bién, este número esta representado en la Basílica del Pilar en cifras binarias 101010 = 42




viernes, 2 de marzo de 2012

EL SIMBOLISMO METAFÍSICO DE LA CRUZ


 Las doctrinas tradicionales simbolizan la realización del «Hombre Universal» por el signo de la cruz, que representa muy claramente la manera en que esta realización se alcanza por la comunión perfecta de la totalidad de los estados del ser de forma armónica. Representante  de la expansión integral en los dos sentidos de la «amplitud» y de la «exaltación».     
              De alguna manera esta doble expansión  se considera como efectuándose, por una parte, horizontalmente, es decir, en cierto nivel o grado de existencia determinado, y por otra, verticalmente, es decir, en la superposición jerarquizada de todos los grados. Así, el sentido horizontal representa la «amplitud» o la extensión integral de la individualidad tomada como base de la realización, extensión que consiste en el desarrollo indefinido de un conjunto de posibilidades sometidas a algunas condiciones especiales de manifestación. El sentido vertical representa la jerarquía, indefinida también y con mayor razón, de los estados múltiples, cada uno de los cuales, considerado del mismo modo en su integralidad, es uno de estos conjuntos de posibilidades, que se refieren a otros tantos «mundos» o grados, y que están comprendidos en la síntesis total del «Hombre Universal».  En esta representación crucial, la expansión horizontal corresponde pues a la indefinidad de las modalidades posibles de un mismo estado de ser considerado integralmente, y la superposición vertical a la serie indefinida de los estados del ser total.

«Clemente de Alejandría dice que de Dios, “Corazón del Universo”, parten las extensiones indefinidas que se dirigen, una hacia lo alto, otra hacia abajo, ésta a la derecha, esa a la izquierda, una adelante y otra hacia atrás; dirigiendo su mirada hacia estas seis extensiones como hacia un número siempre igual, acaba el mundo; él es el comienzo y el fin (el alfa y el omega); en él se acaban las seis fases del tiempo, y es de él de quien reciben su extensión indefinida; éste es el secreto del número siete.


Siguiendo la tradición extremo oriental, el «hombre verdadero» (tchenn-jen), es el que, habiendo realizado el retorno al «estado primordial», y por consiguiente la plenitud de la humanidad, se encuentra en adelante establecido definitivamente en el «Invariable Medio», y escapa ya por eso mismo a las vicisitudes de la «rueda de las cosas». Por encima de este grado está el «hombre transcendente» (cheun-jen), que hablando propiamente ya no es un hombre, puesto que ha rebasado la humanidad y está enteramente liberado de sus condiciones específicas: es el que ha llegado a la realización total, a la «Identidad Suprema»; ese ha devenido pues verdaderamente el «Hombre Universal». 


Ello no es así para el «hombre verdadero», pero, no obstante se puede decir que éste es al menos virtualmente el «Hombre Universal», en el sentido de que, desde que ya no tiene que recorrer otros estados en modo distintivo, puesto que ha pasado de la circunferencia al centro, el estado humano deberá ser necesariamente para él el estado central del ser total, aunque no lo sea todavía de una manera efectiva.

Esto permite comprender en qué sentido debe entenderse el término intermediario de la «Gran Triada» que considera la tradición extremo oriental: los tres términos son el «Cielo» (Tien), la «Tierra» (Ti) y el «Hombre» (Jen), y este último desempeña en cierto modo un papel de «mediador» entre los otros dos, como si uniera en él sus dos naturalezas. Es verdad que, incluso en lo que concierne al hombre individual, se puede decir que participa realmente del «Cielo» y de la «Tierra», que son la misma cosa que  el Espíritu y la Superficie de las Aguas, de alguna manera los dos polos de la manifestación universal.   Para que el hombre pueda desempeñar efectivamente, al respecto de la Existencia universal, el papel de que se trata, es  necesario que haya llegado a situarse en el centro de todas las cosas, es decir, que haya alcanzado al menos el estado del «hombre verdadero»; pero entonces todavía no le ejerce efectivamente más que para un grado de la Existencia; y es solo en el estado del «hombre trascendente» cuando esta posibilidad se realiza en su plenitud. Esto equivale a decir que el verdadero «mediador», en quien la unión del «Cielo» y de la «Tierra» está plenamente realizada por la síntesis de todos los estados, es el «Hombre Universal», que es idéntico al Verbo. En Roma ese papel correspondía al “Sumo Pontífice”, al constructor de puentes entre el Cielo y la Tierra.


Por otra parte, puesto que el «Cielo» y la «Tierra» son dos principios complementarios, uno activo y el otro pasivo, su unión puede representarse por la figura del «Andrógino», y esto nos lleva a algunas de las consideraciones que hemos indicado desde el comienzo en lo que concierne al «Hombre Universal». Aquí también, la participación de los dos principios existe para todo ser manifestado, y se traduce en él por la presencia de los dos términos yang y yin, pero en proporciones diversas y siempre con la predominancia del uno o del otro; la unión perfectamente equilibrada de estos dos términos no puede realizarse más que en el «estado primordial». 

En cuanto al estado total, en él no puede tratarse de ninguna distinción del yang y del yin, que han entrado entonces en la indiferenciación principial; aquí ni siquiera se puede pues hablar del «Andrógino», lo que implica ya una cierta dualidad en la unidad misma, sino solo de la «neutralidad» que es la del Ser considerado en sí mismo, más allá de la distinción de la «esencia» y de la «sustancia», del «Cielo» y de la «Tierra», en el hinduismo de Purusha y de Prakriti.   Un paralelo simbólico en la espiritualidad cristiana lo podemos remontar a un día, en la época en que el templo de Jerusalén estaba destruido y el pueblo desterrado en Babilonia, el profeta Ezequiel tuvo una visión. Vio ante sí el templo reconstruido y vio que bajo el umbral del templo, por el lado derecho, manaba agua hacia oriente. Se puso a seguir aquel arroyico de agua y se dio cuenta de que la corriente iba creciendo más y más, a medida que avanzaba, hasta llegarle primero a los tobillos, después a las rodillas, luego a la cintura, hasta convertirse en un río que no se podía vadear. Vio que en la orilla del río crecía una gran cantidad de árboles frutales y oyó una voz que decía: "Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hacia la estepa, desembocarán en el mar de las aguas pútridas y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente tendrán vida, y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida adondequiera que llegue la corriente" (Ez. 47,lss).


El evangelista Juan vio realizada esta profecía en la pasión de Cristo. "Uno de los soldados —escribe— con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua" (Jn 19,34). La liturgia de la Iglesia ha recogido esta enseñanza al hacernos cantar, al principio de todas las Misas solemnes del tiempo pascual, aquellas palabras del profeta, aplicándoselas a Cristo: "Vidi aquam egredientem de templo – Ví que manaba agua del templo".

Jesús es el templo que los hombres destruyeron, pero que Dios ha vuelto a edificar, resucitándolo de la muerte: "Destruid este templo —había dicho él mismo—, y en tres días lo levantaré"; y el evangelista explica que "él hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2,19-21). El cuerpo de Cristo en la cruz es, pues, el templo nuevo, el centro del nuevo culto, el lugar definitivo de la gloria y de la presencia de Dios entre los hombres. Y ahora, del costado derecho de este nuevo templo ha brotado agua. También esa agua, como la que vio el profeta, empezó siendo un arroyito, pero fue creciendo más y más hasta convertirse también ella en un gran río. En efecto, de aquel arroyo de agua proviene, espiritualmente, el agua de todas las pilas bautismales de la Iglesia. En la pila bautismal de San Juan de Letrán, el papa san León Magno hizo grabar dos versos latinos que, traducidos, dicen: "Ésta es la fuente que lavó al mundo entero — trayendo su origen de la llaga de Cristo" "Fons hic est qui totum diluit orbem - sumens de Christi vulnere principium". Verdaderamente, de su costado manaron "ríos de agua viva", es decir ¡del costado de Cristo en la cruz!

 ¿Y qué simboliza el agua? Un día -era el último día de la fiesta de las tiendas—, Jesús, puesto en pie, exclamó a voz en grito: "El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba". Y el evangelista comenta: "Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él" (Jn 7,37-39).

El agua, pues, simboliza al Espíritu. "Tres son los testigos —leemos en la primera carta de san Juan en relación con este episodio—: el Espíritu, el agua y la sangre" (1 Jn 5,7-8). Estas tres cosas no están en el mismo plano: el agua y la sangre fue lo que se vio salir del costado; eran señales, sacramentos; el Espíritu era la realidad invisible que en ellos se escondía y que en ellos actuaba. De alguna manera el agua y la sangre pueden hacer referencia a esos dos principios complementarios, uno activo y el otro pasivo, que hemos escrito y que su unión puede representarse por la figura del «Andrógino».

 Grabado alquímico de Basilio Valentín 

“Que Cristo habite en nuestros corazones por la fe, y enraizados y cimentados en el Amor, seamos capaces de comprender, con todos los creyentes, la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del Amor de Cristo, que supera a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios”. De común acuerdo los Padres de la Iglesia, interpretaron este texto viendo en él la Cruz Cósmica de Cristo que invade el universo para recrearle, esa cruz que los griegos llaman «sémeion ekpétaséós», el signo de la extensión. El texto más clásico de la antigüedad cristiana a este respecto es el de San Ireneo: «Por la obediencia que practicó hasta la muerte, clavado en el madero de la cruz, el Verbo expió la antigua desobediencia (la de nuestros primeros padres). Y como es el Verbo todopoderoso, cuya presencia invisible está difundida en nosotros y abarca al mundo entero, su acción en el mundo continúa ejerciéndose en toda su longitud, su anchura, su altura y su profundidad. Por el Verbo de Dios, todo está bajo la influencia de la obra redentora, y el Hijo de Dios, con su bendi­ción, ha puesto la señal de la cruz en todas las cosas. Porque era justo y necesario que el que se hizo visible llevara a todas las cosas visibles a participar de su cruz; y así es como, bajo una forma sensible, su propia influencia se hizo sentir en las mis­mas cosas visibles. Porque es El quien ilumina las alturas, es decir, los cielos, quien penetra las profundidades de los lugares subterráneos, el que recorre la larga exten­sión de Oriente a Occidente, el que abarca el espacio inmenso del Norte al Medio­día, llamando al conocimiento de su Padre a los hombres dispersos por el mundo».

Si la espiritualidad cristiana se haya fascinada por la cruz, no es, en primer lu­gar, por su insondable riqueza simbólica. Es porque Cristo, muriendo clavado en un travesaño sujeto a un poste, hizo de ella el signo histórico del cumplimiento del designio divino.  
«De la cruz en que murió el Verbo creador del mundo, el cristiano dirige su mirada hacia el cielo estrellado, donde se mueve el círculo de Helios y de Selene. Así, si se adentra en las estructuras más profundas del cosmos, o penetra las leyes de la constitución del cuerpo humano, por todas partes -y hasta en la forma de los objetos familiares más pequeños- ve impreso el sello misterioso: la cruz de su Señor ha metamorfoseado el mundo». 
Pintura de Hidegarda de Bingen.

San Cirilo de Jerusalén explica a sus catecúmenos: «Dios extendió los brazos en la cruz para abarcar los extremos del universo. También este monte del Gólgota se ha convertido en eje del mundo». Este eje es, para Firmicus Maternos, un eje dinámico que une al cielo con la tierra: «El madero de la cruz sostiene la máquina celeste y consolida los cimientos de la tierra».   

La cruz y el árbol


He aquí ahora una leyenda religiosa como tantas otras que circulaban antigua­mente, y que servían de catecismo al pueblo creyente, con el incomparable privile­gio de introducir, por encima de la ingenua fantasía del relato accesorio, en lo pro­fundo de los misterios. Se trata del Viaje de Set al Paraíso, uno de los tesoros del patrimonio de la cristiandad medieval. He aquí su resumen: «Adán, después de ha­ber vivido 932 años en el valle de Hebrón, se ve afectado por una enfermedad mor­tal y envía a su hijo Set a que pida al arcángel guardián de la puerta del paraíso el óleo de la misericordia. Set, siguiendo las huellas de Adán y Eva, en las que no ha­bía vuelto a brotar la hierba, llega al Paraíso y comunica al arcángel el deseo de Adán. El arcángel le aconseja que mire tres veces al paraíso. 

La primera vez, Set ve el agua de la que nacen cuatro ríos y sobre ella un árbol seco. La segunda vez una serpiente enroscada al tronco. Al mirar por tercera vez, ve que el árbol se eleva has­ta el cielo; en la copa lleva un niño recién nacido y sus raíces se hunden hasta el infierno (el Arbol de la Vida en el centro del universo y su eje atravesaba las tres regiones cósmicas). El ángel explica a Set lo que acaba de ver y le anuncia la venida de un Redentor. Le entrega, además, tres granos de los frutos del árbol fatal del que comieron sus padres y le dice que se los ponga a Adán en la lengua y que morirá al cabo de tres días. Al oír el relato de Set, Adán ríe por primera vez después de su expulsión del Paraíso, porque comprende que los hombres serán salvados. A su muerte, de las semillas que Set le puso en la lengua brotaron en el valle de Hebrón tres árboles, que crecieron un palmo hasta la época de Moisés. Este, que sabía su origen divino, los trasplantó al monte Tabor u Horeb (centro del mundo). Allí per­manecieron mil años, hasta el día en que David recibió la orden divina de llevarlos a Jerusalén (otro centro). Después de otros muchos episodios (la reina de Saba se niega a pisar su madera, etc.), los tres árboles se funden en uno solo, del que se hizo la cruz del Redentor. La sangre de Cristo, crucificado en el centro de la tierra, pre­cisamente allí donde había sido creado y enterrado Adán, cae sobre el cráneo de éste y bautiza así -rescatándole de sus pecados- al padre de la humanidad». 

El árbol genealógico de Jesucristo con sus 42 ascendientes.

Un último texto, el más bello de cuantos hayan sido compuestos para cantar el misterio de la cruz, va a sintetizar las líneas principales de su simbolismo en el con­texto cristiano. Se dice que fue escrito por San Hipólito de Roma a comienzos del siglo iii. No se puede apreciar debidamente esta iconografía, de que tanto hemos ha­blado, más que sumergiéndola en esa luz que la vio nacer. Cada expresión encierra una o varias alusiones. Hacia la mitad del segundo párrafo, se pasa insensiblemente del árbol de la cruz a Cristo que subió a él.
«Este madero me pertenece para mi salvación eterna. De él me alimento, de él me nutro, en sus raíces me apoyo. Florezco con sus flores; sus frutos me producen sumo deleite; frutos que cojo, preparados para mí desde el comienzo del mundo. El es alimento sabroso para mi hambre, una fuente para mi sed, un vestido para mi desnudez; sus hojas son espíritu de vida. ¡Lejos de mí en adelante las hojas de hi­guera! Esta es la escala de Jacob, por la que suben y bajan ángeles, y al final de la cual está el Señor.

«Este árbol, ancho como el firmamento, se levanta desde la tierra hasta el cielo. Planta inmortal, se eleva robusta entre el cielo y la tierra, recio soporte del orbe, lazo de todas las cosas, que abarca a toda la varia naturaleza mortal. Arbol atrave­sado con clavos invisibles del espíritu, para que, cual conviene a lo que es divino, no se deshaga ya más; llega a lo más alto del cielo, pero con sus pies afianza la tierra y retiene maravillosamente entre sus brazos inmensos el aliento del aire que reina por doquier.
«¡Oh tú, único entre los únicos, todo en todos! Tengan los cielos tu espíritu, y tu alma el paraíso; pero que tu sangre pertenezca a la tierra.»
Pintura de Jung (Libro Rojo)